Hace un par de días, durante uno de mis vuelos de Los Ángeles a San Francisco, uno de los auxiliares de vuelo (Alto. Pelirrojo. Atractivo.) apuntó su número de teléfono en una servilleta y me lo ofreció junto a mi zumo de manzana. Le miré, me puse colorada como un tomate y me guardé el papel en un bolsillo pensando en que jamás iba a llamarle. Porque en un 99% de los casos, la cosa iba a acabar mal.