Poner ojitos, tocar la cara
Moore pasó 2.000 horas en diversos bares y contextos de ligoteo, observando de qué manera se producían las interacciones entre hombres y mujeres. Y llegó a la conclusión que aquellos que atraían a más personas del sexo opuesto no eran los más guapos, sino los que sabían, en primer lugar, hacer saber a la interesada que se encontraban disponibles; y, en segundo lugar, transmitir confianza a la hora de convencer a las potenciales candidatas.