Los hubo de insaciables como Marcelo Olmedo o Jesús Zamora Aguilera, a quien el milloncejo se les queda corto; místicos como Coromoto Padmore, que donaría una parte «para la obra de Dios». Los hubo de inversores, como Juan Antonio que compraría bonos y acciones, o Javier Gómez, que compraría acciones de Apple. Previsores como Suricato Ciaro, que lo gastaría en un plan de jubilación.