Si tienes mucho miedo al dolor, existen lubricantes anestésicos que dormirán (o al menos un poco) la zona y harán que no estés tan tenso. Estar nervioso en esta situación lo único que hará es que el cuerpo se cierre en banda y dejes de internarlo.
2) Despacito, suave suavecito
Antes de entrar, empieza con un suave masaje externo en el perineo. «Toma tiempo para conocer tu cuerpo. Acuéstate de espaldas con el trasero encima de una almohada, levantando las caderas para facilitar el acceso. Comienza tocando la zona entre los testículos y el ano con la mano o los dedos. Aplica lubricante y frota la zona externa para estimular todas las terminaciones nerviosas», dice Luke. De acuerdo con un estudio publicado en la revista ‘Cortex’, el cuerpo de un hombre y una mujer guarda un gran parecido en sus zonas erógenas.

3) Explora la estimulación interna
Si el masaje externo ha ido bien y te has sentido a gusto, curva tu dedo e introdúcelo poco a poco (y lubricado claro) en el recto y hacia el ombligo. «Como a unos cinco centímetros deberías sentir tu próstata«, explica Chris. Es importante tener en cuenta que no tienes que ir más allá en un primer intento. «La gente piensa que debes empujar y meter toda la mano hacia arriba, pero no es así como funciona. Inserta un dedo unos centímetros y presiona hacia la parte posterior. Muévelo un poco, toca las paredes internas y aplica distintas presiones para ver qué te gusta más y dónde sientes mayor placer«, añade.
4) Prueba con un masajeador
Antes de explorar estos aparatos, es posible que quieras probar con algún pequeño dilatador para que te acostumbres. «Si compras uno uno con la base más ancha, mejor, para que no se pierda por ahí y no termines en la sala de emergencias», bromea Milstein. A los más temerosos hay que sacarles de la cabeza que esta situación no los llevará a cambiar su orientación sexual. No porque disfrutes de esta nueva zona significa que tu sexualidad sea otra.