Decidí volver a por los primos buenorros de la novia y los convencí para que fueran a por ellas. Sabía que, por mucho que ya seamos treintañeras, que nuestros amigos se estén empezando a casar y que las cenas de grupo van a empezar en breves a llenarse de niños, nuestros 30 son los 20 de nuestras madres. Y nada mejor para sentirse joven que una noche de sexo con un yogurín. A la mañana siguiente, ninguna se acordaba ya de su repentino instinto maternal…