Bien por no poseer los derechos de ningún personaje de cómic, o no querer hacerse con ellos (es decir, pagarlos); el firmante de El gran azul escribe una historia que parte de una premisa totalmente válida (cosas más disparatadas hemos visto), que sirve como vehículo de lucimiento a la exuberante actriz, como gran divertimento para sí mismo y que sitúa el grueso de la acción en París (otra constante en su filmografía sobretodo como productor).