Parece como si el paisaje y su clima, omnipresentes durante todo el metraje como si un de un personaje más se tratara, oprimiera a sus habitantes, sumiéndoles en una constante sensación de insatisfacción con la vida que llevan, e incapaces de cambiar las cosas; volcando casi sus frustraciones en un sacerdote cuyos esfuerzos por aliviar de esas cargas morales y éticas a sus feligreses resultan en vano.