Esta debilidad se debe, según la experta, al miedo ancestral del ser humano a la soledad: priorizamos tener muchos amigos «de baja calidad» a arriesgarnos a tener pocos, aunque sean mejores. «Preferimos tener relaciones superfluas a no tener nada de vida social. Por esta razón, no nos molestamos en profundizar en las relaciones», concluye.
Cómo encajar la verdad
Así, muchas personas viven engañadas hasta que la realidad se impone y les muestra que basta un minibús para ir de excursión con todos sus verdaderos amigos. Ese momento, generalmente, duele o, como mínimo, si usted no está hecho de metacrilato, le molestará. En una situación de este tipo, Enguix cree que «siempre debemos quedarnos con los sentimientos personales. Independientemente de si son o no recíprocos. No se puede pretender ser feliz a través de lo que otros sienten por nosotros, pues eso es lo mismo que dejar en manos de los demás la responsabilidad de nuestro bienestar».