La semana pasada recibí un mensaje: «Necesito hablar. Necesito nuestro café de los domingos». Todo el rencor que acumulé durante los meses en que había estado desaparecido se me olvidó de repente. Había cortado con ella. La seguía queriendo, pero aquella no era la clase de relación que esperaba. Su agenda de contactos se había reducido a un único número, y su vida social se movía entre el sofá de su casa y el restaurante de en frente donde salían a cenar de vez en cuando.