El arte de encorbatarse

Así como una mujer marca su estilo y feminidad a través del tándem bolso-zapatos, el complemento que históricamente se ha asociado al hombre como símbolo de elegancia y buen gusto es la corbata.

Hoy en día, la variedad de tejidos, colores, estampados, nudos y medidas permite una infinidad de posibilidades con un complemento que en los últimos años ha conseguido traspasar las barreras de lo formal.

París, año 1635, reinado de Luis XIII. Un regimiento de soldados croatas se exhibe ante el Rey en la capital francesa para mostrarle su apoyo. Éstos venían ataviados con unos pañuelos de colores en torno al cuello. Una prenda que llamó la atención en Francia, y cuyo uso se extendería como la pólvora en las siguientes décadas entre las clases más altas de Europa y América. He aquí el origen de la corbata.

Es evidente que este modelo inicial fue evolucionando hasta que en 1924 el estadounidense Jesse Langsdorf ideó la corbata tal y como la conocemos hoy en día, la corbata moderna.

Concebida como símbolo clasista en sus orígenes, lo cierto es que este complemento ha conseguido mantener ese aire de distinción y elegancia. Eso sí, siempre y cuando sepamos llevarla. Una corbata puede decir mucho de quien la viste, de su personalidad, de su estado de ánimo y, sobre todo, de su buen o mal gusto.

Es por eso que, aunque no lo parezca, resulta una prenda delicada. No el que lleva la corbata más cara y sofisticada va a ser el más elegante, sino el que mejor sepa ponérsela y combinarla.

El buen uso de la corbata

Hoy en día el uso de la corbata se ha popularizado a todos los niveles. Ya no hace falta ser un ejecutivo o que te inviten a un evento formal para ponértela. Aún así, hay quien sigue enfrentándose a este complemento con respeto. Y no es para menos, ya que incluso quienes están acostumbrados a encorbatarse a menudo meten la pata.

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Hombre Moderno