La Polinesia Francesa

Hay lugares en esta Tierra a los que deberíamos conocer obligatoriamente antes de morir. Lugares a los que dejar de visitar se pudiese considerar un pecado, ya que son el mismísimo paraíso terrenal que Dios creó para que pudiésemos ver con nuestros propios ojos lo que es capaz de mostrarnos la tierra en paz y armonía.

La Polinesia Francesa es capaz de mostrarnos y deslumbrarnos con estos ingredientes de indescriptible belleza terrenal, pero tranquilos, lo del pecado por no visitarla no conlleva ningún castigo tangible, sólo una incalculable deuda con nuestros sentidos, con nuestra alma, con nuestro espíritu, con nuestra capacidad de asombro y de sentirnos imbuidos en el paraíso sobre la tierra.

La Polinesia Francesa está situada en el Pacífico Sur y conformada por decenas de islas esparcidas en una superficie de 3 millones de kilómetros cuadrados. Dentro de esta gran comunidad de islas diseminadas por un mar que varía la tonalidad de sus aguas en derredor al verdor que las mismas muestran desde el cielo, la más importante es el grupo de Islas de la Sociedad.

En ellas se encuentra la siempre emblemática y cinematográfica Tahití, la más poblada, la que recibe la mayor afluencia de turistas, y en la que se sitúa la capital, Papeete. Además de las Islas de la Sociedad, están las Islas Australes, Islas Bass, Islas Gambier, Islas Marquesas, Islas de la Sociedad y Archipiélago Tuamotu. La isla de Bora Bora es el segundo destino más codiciado de la Polinesia, pero también Moorea, Nuku Hiva y Raiatea.

El idioma oficial de la población es el francés y el italiano, aunque con el inglés no tendremos problemas para entendernos. Estas maravillosas islas gozan todo el año de un clima tropical, con sol casi todos los días, y con brisas suaves que acarician provenientes del Pacífico.

Entre noviembre y mayo el clima es caluroso y húmedo, y entre junio y octubre, es fresco, pero nunca con una temperatura menor a 26 grados. De repente nos podemos encontrar con una diadema circular de flores con aroma a jazmines en nuestra cabeza, en medio de tambores, bailes y decenas de risas de bienvenida.

Es difícil poner en cuestión la paz y la alegría que irradian sus gentes, casi con seguridad, contagiada del mismo entorno natural. Cuando nos encontremos en Tahití, además de sus playas de ensueño, comprobaremos rápidamente las costumbres de sus particulares habitantes, todo en medio de música, danzas típicas y flores.

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Hombre Moderno