Bad Boys

Vale, sí, lo reconozco. Me gustan los tíos malotes. Me he dado cuenta de ello al conocer a Adrián, un chico totalmente diferente a todos los capullos con los que he salido en esta vida.

Lo vi por primera vez hace un par de semanas, en una exposición de una amiga en común, que fue la que nos presentó.

Estuvimos allí hablando durante horas, sin importarnos nadie más. Luego me acompañó a casa y, tras decirme lo bien que se lo había pasado conmigo, nos dimos un beso en el portal. La típica escena de toda comedia romántica, vamos.

Al día siguiente me llamó. No me hizo esperar ni las 24 horas de rigor para hacerse el interesante. Quedamos para tomar unas cañas en mi bar favorito y, nuevamente, hablamos y hablamos hasta que nos cerraron. Era interesante, culto y, aunque no era el hombre más divertido del mundo, sabía hacerme reír.

Entre cenas y cafés pasaron siete días y ya parecía que lo conocía de toda la vida. Adrián era lo que se dice un trozo de pan, y tenía un corazón que no le cabía en el pecho.

Colaboraba con ONGs, había hecho decenas de voluntariados, y había pasado los últimos años, casi exclusivamente, cuidando de su madre enferma. A su lado yo me sentía la madrastra de Cenicienta.

Incluso llegué a inventarme que había hecho de voluntaria en Proyecto Hombre, basándome en las veces que había tenido que aguantar a algún compañero yonki de la residencia universitaria.

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Hombre Moderno